miércoles, 1 de agosto de 2012

"Hospital del Trabajador", Santiago de Chile por Julio César Ibarra



Carola Prado, kinesióloga.

Dr. Ricardo Sonneborg, cirujano.

Antonia Swett, terapeuta ocupacional.

Francisco González, kinesiólogo.

Dr. Gerardo Correa-Illanes, fisiatra y Julio-César Ibarra.

Dr. Oscar Storme, urólogo.

Dr. Pablo González, siquiatra.

Daniela Cortés, kinesióloga.

Jorge Castillo, kinesiólogo.

Kateryn Zambrano, asistente social.

Ricardo Urrutia, kinesiólogo.

Christian Correa, kinesiólogo.

Francisca Navarrete, enfermera.

Carolyne Araya, enfermera.

Betsabé Reyes, técnica en enfermería.


El Hospital del Trabajador recupera vidas, no las quita. Tengo mucho que agradecer al hospital y a sus funcionarios, en mi caso, estuve bajo la tutela del doctor Gerardo Correa, fisiatra que lideró el equipo que me salvó la vida, entre ellos Marcia Toloza, fonoaudióloga, el doctor Pablo González, siquiatra, Antonia Swett, terapeuta ocupacional, el doctor Ricardo Sonneborg, cirujano, el doctor Jorge González, neurólogo, el doctor Pablo Storme, urólogo,  las kinesiólogas Carola Prado y Daniela Cortés, la de los bellos aretes; los kinesiólogos Sergio Parada, Luis Díaz,el que sólo con su presencia y  tranquilidad me calmaba cuando estaba en la Unidad de Tratamiento Intensivo (UTI),  Ricardo Urrutia, Francisco González, Christian Correa y el inefable Jorge Castillo con quien tuve entrañables conversaciones. Y el personal del 4° piso oriente, Francisca Navarrete, Carolyne Araya, Cinthia Enríquez, enfermeras; las técnicas de enfermería Rosita Molina, Paula Ulloa, Gloria Gutiérrez, Gladis Curehual, Daniela Saldías, Cynthia Palacios, Carlina Mora, Loreto Navarrete, Betsabé  Reyes, Verónica Pérez, Yolanda Llanque y la maravillosa Viviana Zúñiga y las auxiliares de sala Eulalia Villegas, Magaly Villegas y Mirta Pino.

Gracias a este gran equipo pude rehabilitarme del accidente que sufrí el 21 de abril de 2011, que me dejó tetrapléjico, es decir inválido de las cuatro extremidades, incluyendo el tronco y las piernas; además me descubrieron una amnea del sueño, que en mi caso es un peligro inminente, me trataron de un accidente vascular, un derrame cerebral que me provocó una herida de siete milímetros de alto por cinco de ancho en el cerebro, que me dejó con una afasia cuyas secuelas duran hasta hoy; una trombosis en ambas piernas y no pocas infecciones  en la vejiga.

La fonoaudióloga, Marcia Toloza, me enseñó a comer, porque no podía tragar y sospechaban que el agua o la comida podían ir a los pulmones, es así que después de diecisiete días sin tomar agua, hidratándome por sonda, me dieron dos milímetros con una jeringa y la primera comida sólida que recibí fue una bola de helado de piña, en ambos casos la sensación de libertad fue profunda y plena.  Luego de un mes, previo test, que demostró que mis músculos podían deglutir masas consistentes pude comer comida liviana.  Marcia, nos invitó a ver mi test de deglución y mi hija y dos de sus amigos llegaron con un cartel que decía "Viva Julio César, el DEGLUTIDOR", todos nos reímos de buena gana, ya que había superado un tremendo obstáculo.

Mi primera experiencia con un kinesiólogo ocurrió cuando había llegado recién  al hospital, estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y tenía dificultades para respirar, tanto así que me pusieron un B-PAP, una maquina que cubre toda la cara y tira aire, fue entonces que Sergio me habló, me tranquilizó, diciéndome que me serenara, que me sentía así porque estaba en un lugar desconocido para mí y acto seguido me enseñó a poner atención a mi respiración, contando las inhalaciones y las exhalaciones, lo cual me ayudó mucho. En kinesiología, también, aprendí a sostenerme en una silla de ruedas sin espalda, sin caerme, aprendí a fortalecer los músculos de los brazos, aprendí a segurizarme en la silla conociendo el rango de movimientos que puedo hacer sin caerme, aprendí en definitiva a sacar partido al cuerpo que aún tengo.

 En terapia ocupacional, Antonia Swett, me enseñó a resolver problemas domésticos, gracias a ella y sus ortesis puedo comer solo y escribir en el computador, también puedo con mucho esfuerzo traspasarme al auto con la ayuda de una tabla y de una silla plegable y lo más importante de todo, me mostró las posibilidades de lo que puedo hacer en mi condición de accidentado, siempre mirar adelante, erguido, buscando siempre posibilidades para Ser.

Cuando me recuperé y pudé moverme con autonomía, pude ver con claridad las distintas instancias del hospital que me había cobijado por tanto tiempo, la sala del escáner, la de rayos, la de resonancia magnética, la sala de la Unidad de Tratamiento Intensivo (UTI), y el personal que allí labora, pude saludarlos, darle la mano y agradecerles.

Uno de los aspectos más importantes para la rehabilitación es la motivación, en este sentido los compañeros de pieza son muy importantes, debo mencionar aquí a un joven tetrapléjico, con una tremenda voluntad de vivir, Víctor Cancino y a un compañero que me hizo reír tantas veces como lo tuve a mi lado, Aldo Lizana, que no es tetrapléjico, que llegó a nuestro dormitorio por casualidad, pero que se convirtió en un pilar de nuestra convivencia.  Ellos se convirtieron en mis amigos, con ellos soñábamos el momento en que nos volviéramos a encontrar. El viaje partirá en Santiago, donde vivo yo, siguiendo por  San Javier, donde vive Aldo para llegar finalmente a  Chanco donde vive Victor, allá nos espera una fiesta con cerdo asado y vino tinto.

Descubrí que todos los enfermos de médula hemos pasado por lo mismo: el trauma, la UCI, la UTI hasta llegar a la sala común y la rehabilitación.  Este es un tiempo largo, que toma a lo menos seis meses, durante el cual la familia debe velar por el financiamiento del tratamiento, la persona más adecuada para brindar ayuda es la asistente social Katerin Zambrano, quien con muy buena voluntad se pone al servicio de las familias para encontrar la solución más adecuada.


Quiero terminar esta crónica haciendo un guiño a Eugenio Heiremans y a su directorio por haber creado un hospital para trabajadores, en donde se les trata como personas, se les acoge con cariño, porque la mayoría llegan traumatizados, a veces entre la vida y la muerte.  El Hospital del Trabajador es un modelo,  a la vanguardia en rehabilitación, con convenios con universidades para que sus estudiantes hagan pasantías, con doctores y personal médico, altamente capacitados, con mucha experiencia, cuenta con una de las pocas cámara hiperbáricas que existe en el país.  Una idea maravillosamente implementada.